Son de corazón crespo, Capitulo IV:
Siempre he tenido cierto temor a dejar que otros lean partes de mi novela, puede ser porque es lo que considero mi obra maestra, aun incluso cuando no esta terminada, pero despues de haberla abandonado por tanto tiempo la vuelvo a leer y descubro que me encanta. Recuerdo que escribí este capítulo en una n oche como esta. Esta noche sufrió modificaciones ya que creo que parte del proyecto de hacer este "blog" es para mejorar mi técnica de escribir, claro que si al mismo tiempo puedo arrancarles alguna sonrisa o lágrima creanme que lo hago con el mayor gusto y la mejor de las disposiciones. Muchos de ustedes habran leído los primeros 3 capítulos, pero a aquellos que no tan solo puedo decirles que estos no afectan la lectura de este. Los capitulos IV, V y VI siempre los había guardado como un gran secreto, tan solo 3 personas han leído sus líneas. Siempre me he preguntado a que se debe este afan que tengo con las ballenas y el mar. El cuento de "La ballena que se enamoró de un hombre" esta inspirada como una antitesis de lo que a continuación podrán leer, aunque creo que a fin de cuentas esta es a su vez una historia de amor. Bueno sin mayor preambulo les presento el único capítulo de mi novela que publicaré en este blog. Si les interesa pueden encontrar la novela en su libreria favorita en aproximadamente unos 10 años.
Son de Corazón Crespo
IV.-Virgilio y La Bicha:
(autor: Daniel Chivardi)
Aquella noche de hastío Virgilio caminaba por la fría arena en dirección a su barca. En popa de esta relucía un letrero con el nombre en letra cursiva de “Gertrudis”, el nombre con el que había sido bautizada, y dentro de esta una vela con telas viejas cosidas. Mientras se dirigía a “Gertrudis” recordaba todas aquellas tardes en las que ellos dos habían tenido grandes exitos desafiando al mar, de todas aquellos atardeceres con barca llena de peces gordos y mariscos aterrados. Recordaba también que partía en esa noche de brisas extranjeras en busqueda del éxito o del fracaso, pues había abandonado a su familia por obtener una prueba más de que era el mejor pescador de toda esa costa; “Salve Virgilio nuestro salvador... Salve Virgilio el gran pescador”, pensaba repetidamente ese grito que daría el pueblo al ver su gran hazaña, con la cabeza de “La Bicha” sobre su barca.
Virgilio se caracterizaba por este afán de ir encadenando sucesos que todavía no existían. Creaba en su mente todas esas conclusiones con escasas variantes. Era pues un soñador despierto.
Al introducirse a la embarcación se cercioró de que todos sus instrumentos de pesca estuvieran, sus metros de cuerda de pescar, la vieja red, sus anzuelos de cobre, la bayesta que nunca le regresó a su compadre “El Mojayote” y el machete oxidado con su nombre grabado en una de las caras. Todo parecía a lugar, todo parecía perfecto para ir a matar una ballena en aquella fría noche de luna amarga.
Empujó pues a “Gertrudis” para adentrarse en aquellas aguas deshabitadas por el mismo temor del pueblo a “La Bicha”, aquella leyenda infernal que despiadadamente había robado la existencia a tantos seres queridos, quienes por ello serían recordados como martíres de las aguas saladas.
Virgilio aún podía oler la sangre que fluía mezclada con el mar por el que remaba. La marea parecía un reclamo de las almas perdidas y el viento un llanto que suplicaba venganza a la sádica muerte que recibieron. Virgilio tuvo que permanecer parado, sosteniendo con fuerza la vela para así controlar el soplido persistente de aquellos lamentables vientos, sin embargo aprovecho de estos para adentrarse más en mar abierto.
Después de unos cuantos minutos se había adentrado lo suficiente para que el mar estuviera lo suficientemente tranquilo para efectuar su pelea. Virgilio sabía bien que aquella luna llena le serviría de iluminación para tener una mejor visión de su rival, sabía también que “La Bicha” encontraba en esa misma luna la motivación a sus actos depravados y perversos, pues sus ataques anteriores los había hecho en esas mismas circunstancias. Siempre en luna llena, aquella misma que había convertido a esa bestia en una temida leyenda destinada a convertirse en una historia para asustar a los niños.
Empezó a prepararse para la batalla que estaba a punto de comenzar. Virgilio tomó con las dos manos el ancla y columpiandola la aventó al fondo del mar donde rapidamente se perdería. Agarró en una mano el machete oxidado, en la otra la bayesta ya unída a una cuerda mientras al otro extremo se encontraba amarrada a la embarcación. Tan solo faltaba hacerle a “La Bicha” la invitación arrojando la carnada.
Virgilio esperó, talvez no tanto tiempo pero si lo suficiente para vencer la poca paciencia que tenía aquella noche. Había arrojado ya el último par de pescados que normalmente utilizaba de carnada, nunca en su vida había arrojado tantos al mar sin obtener alguna respuesta. Pensaba que no importaría cuanta carnada más arrojara esa noche, “La Bicha” no daría su cara, parecía que tan solo existía una oferta que llamaría la atención de aquel ser.
En ese momento pensó en destrancar el ancla y retornar a su hogar. Le carcomía esa idea, sin embargo veía en esa noche la decisión de su destino, era o el éxito o el fracaso, pero nunca regresar a San Nicolas como un mediocre que no intentó. Al mismo tiempo pensaba en su familia, veía en ellos la única razón para recoger el ancla, el acariciar una vez mas el cabello liso de Melquiades mientras dormía, el poder despertar una vez mas entre los brazos de su amada Salomé. Las cosas ahora no eran tan sencillas como parecían cuando había partido de su casa hacía apenas unas horas atrás. Sabía bien que el no recoger el ancla significaba prácticamente una muerte segura.
Gran dilema, sin embargo Virgilio en el fondo sabía que este era el día que debía de suceder, sabía que no era un cobarde y sabía tambien que debía matar a una ballena esa noche.
Agarró su machete y se hizo dos cortadas superficiales en la parte interna de sus piernas, se quitó su guayabera, con machete en una mano y bayesta en la otra se arrojó al mar. La sangre iba a servir de catalizador para que su enemigo lo localizara y para que este fuera la misma carnada, sabía que no debía de temer a que un tiburon llegará primero ya que decían los pueblerinos que ella también se alimentaba de estos y que ahora estaban casi extintos en esta zona. Era Virgilio aquella oferta que “La Bicha” no podría rechazar.
El silencio se podía apreciar. Parecía que todo el entorno estuviera careciente de vida. El único sonido que podía escuchar Virgilio era el de su propia respiración mezclándose con el del agua que acariciaba los costados de “Gertrudis”. En esos momentos Virgilio recordaba aquellos atardeceres en los que él y Salomé hacían el amor sobre su embarcación, en mar abierto, con un silencio armonico similar de la naturaleza. Para él ella siempre fue tan bella como el día que la conoció y aunque no se lo demostró en los ultimos años, en ese momento flotando por la salada agua del mar, silencioso, recordó que seguía enamorado de ella; sentía también como su existencia se escapaba entre sus muslos, y como delicadamente perdía fuerzas por cada parpadeo que efectuaba.
Un Alarido rompió el silencio, esto despertó a Virgilio. Miró hacia un horizonte iluminado por los primeros rayos verdes del alba y notó una gigante joroba negra que se asomaba sin discreción a menos de un centenar de metros. ¡Era gigantesca! Y su furia se podía notar con su alarido que parecía la voz del fin del mundo. Era “La Bicha” sin duda alguna. Al verla Virgilio, lleno de pánico, trató de montarse sobre su embarcación. La joroba no terminaba a su vez de asomarse hasta que pronto pudo ver la grotesca cola del increíble ser. Esta misma dió un duro golpe a la superficie del mar ejerciendo una fuerza tal que creó una ola gigante que se acercaba a la dirección de “Gertrudis” a una velocidad descomunal. El golpe no tardó en llegar. Virgilio trató de sujetarse a su lancha pero su fuerza no fue la suficiente para mantenerse sobre esta. La vela de ropa vieja había desaparecido despues del duro impacto que sufrió y él ahora se encontraba metros alejado del único refugio que tenía, “Gertrudis”. Virgilio temblaba, volteaba hacia el fondo del mar, y tan solo veía sus piernas sangrantes moviendose para continuar flotando. En ese momento tan solo pensaba en lo estúpido que era por no haber recogido aquella ancla cuando aún podía. Sintió el calor de su rival cerca de él, volteó nuevamente hacia abajo y pudo ver como pasaba por debajo de él el interminable cuerpo de “La Bicha”, en realidad era negra como el alma de un demonio, y cada momento veía mas cercana la afilada cola hasta que esta hizo impacto con él y lo hizo volar por los aires. Después de unos segundos de vuelo aterrizó mas cerca de la embarcación de lo que antes se encontraba, estaba casi noqueado, un poco desorientado, con la boca sangrante y la mitad de su cara raspada por la dura y rugosa piel de aquel demonio. El alarido se escuchó de nuevo, Virgilio cerró los ojos, se enfocó, decidió dejar de temblar y de pudrirse de miedo. Tomó nuevamente el aire que sus pulmones pudieron contener y contestó a su rival con un grito que se escucho casi tan fuerte como el de “La Bicha”. Tomó confianza en sí. Desató toda su furia y como un guerrero legendario se enfocó nuevamente. Se acercó nadando a su lancha y tomó la ballesta con las dos manos. El machete había permanecido todo el tiempo a su lado. Sabía bien que la ballena estaba cerca de él, esperando el mejor momento, el instante en el que él desistiera con el menor descuido, en ese momento sabía que ella iba a atacar.
Virgilio nadó un poco en busqueda de su enemigo. Empezó a desesperarle la situación, ya que cansado y desangrandose no podía darse el lujo de extender mucho la duración de la batalla. Gritaba:
-¡Muestra tu cara maldita puta!
Virgilio hubiese deseado nunca haber dicho aquellas palabras, pues como si fuera un deseo concedido por el misericordioso cielo, más tardo en terminar su frase que en que “La Bicha” estuviera frente a él, tan solo unos metros los separaban, era la primera ocación en que estaban frente a frente estos dos grandes rivales. Ella se acercaba a gran velocidad con su hocico abierto, presumiendo su afilada dentarura dispuesta a tragarse todo rastro de existencia de Virgilio, este trataba de huir nadando rápido cambiando drásticamente de dirección, pero era inevitable, no iba a poder escapar de esa manera. Decidió entonces voltear su cara, la vio de frente y con la bayesta apuntó fijamente al amarillento ojo demoniaco de su rival. Justo cuando esta iba a dar el último impulso, el toque de muerte, Virgilio jaló del gatillo, el arpón voló por el corto espacio de aire que existía entre ambos cuerpos, como una sinfonía dramática hasta traspasar el ojo de la ballena. Este duro golpe para la invicta glotona de hombres le hizo cambiar su direccion hacia el fondo del frío mar. Virgilio al ver esto se sostuvo firmemente de la cuerda unida al arpón. Tomó todo el aire que pudo y jalando de la cuerda fue acortando la distancia entre los dos. “La Bicha” estaba descontrolada, daba su grave quejido de dolor, un enorme alarido que se podía escuchar a kilómetros. Había perdido a partir de ese momento la mitad de su capacidad visual. No podía ver la parte derecha de su cuerpo. Virgilio se había acercado ya lo suficiente a ella hasta que al fin pudo montarse como un jinete sobre su enorme lomo, tomó en mano su machete y empezó a encajarselo por toda la cesta, sin embargo no servía de nada porque a pesar del gran esfuerzo que realizaba sabía que no le hacía el menor daño. Su piel en realidad era dura como el roble. El filo de su oxidado machete apenas le penetraba mientras que la ballena hacia un descomunal esfuerzo porque Virgilio se despegara de ella. Él, emocionado por la sangre que brotaba en este extasis de sadismo, continuó dando machetazos por toda la cesta de “La Bicha”. Los alaridos de esta perdían fuerza, sin embargo se metía lo más profundo que podía al mar para ver si así el sádico de Virgilio le soltaba, pero este persistente a su meta nunca lo haría, ella después de sumergirse por las aguas subía con endemoniada velocidad y daba un enorme brinco al aire tratando de hacer el impacto con el agua del lado en donde Virgilio se encontrara para aplastarle, pero esto tampoco detendría a Virgilio que continuaba con su penetrante camino hasta llegar al ojo izquierdo de este demonio. “La Bicha” ahora asustada, al ver que su supuesta presa presentaba ahora increíble peligro para ella, empezó a nadar de una forma desesperada en forma de espiral para liberarse de este, sin embargo Virgilio se encontraba bien sujeto cerca del parpado y en el preciso instante en que calmó un poco la ballena su desesperado movimiento metió la mano izquierda en uno de los orificios que su machete había hecho para sujetarse, mientras que con la otra mano sujetaba el machete en forma de puñal, apuntó hacia el único motivo por el cual “La Bicha” aún podía ver y antes de clavarselo en el ojo le gritó:
-¡Esta va por los niños inocentes que te tragaste... hija de tu putisima madre!
Los gritos de quejumbre eran insoportables. “La Bicha” estaba explotando del llanto. El depredador se convertía ahora en la presa y tambien viceversa. Virgilio sabía que tenía controlada la situación, sabía que podía matar al monstruo que había maldecido a su pueblo, sabía que tan solo debía de ser inteligente en sus siguientes decisiones para poder como lo había soñado llegar entre hombros y con gloria a San Nicolas de las Agrias Naranjas, para poder nuevamente caer agotado entre los brazos de Salomé. Sin embargo la pelea todavía no terminaba. La ballena brincoteaba desesperadamente por todo el mar. Virgilio estaba bien sujetado pero en uno de esos brincos no cayó sobre la blanda superficie del agua sino sobre la propia “Gertrudis”. Esta quedó despedazada después del duro contacto del peso de la ballena sobre esta pequeña embarcación. No quedaba nada de esta más que miles de trozos de madera dispersos por todo el azul mar iluminado ya por los rayos del sol naciente. Virgilio yacía inmovil flotando cerca de lo que antes era la popa de “Gertrudis”, toda la gloria con la que había soñado hacía apenas unos minutos atrás se veía ahora derrumbada ya que no podía mover sus piernas. Sabía que durante su estancia en la cesta de “La Bicha” sus cortadas se habían profundizado más, y su ahora escasa sangre no dejaba de brotar; estaba en peores condiciones con el duro golpe que había recibido su espalda con su embarcación. Sabía bien entonces lo que tenía que hacer, lo único que restaba de su misión, asegurarse que ese demonio no fuera a causar mas daño.
“La Bicha”, ahora ciega, pensaba que podía por fin tener paz pues no sentía más a alguien taladrándole el cráneo. Respiró un poco pero escuchó un tenue braceo acercándosele. Llena de ira siguio aquel sonido. Sabía bien que era su rival. De pronto el sonido se perdió, se escuchaba tan solo ahora el silencio, pero pronto fue interrumpido por un alarido ahora humano. “La Bicha” lo localizó y tan solo se sumergió para tomar velocidad pues decidida estaba a aplastarlo. Virgilio esperó, esta vez no intentó evadirla, la ballena cayó con todo su peso sobre él, pero Virgilio tan solo se había posicionado debajo de donde él creía estaba el corazón de la ballena. Al caer ella traspasó su corazón con una estaca que había hecho Virgilio a machetazos a partir de lo que antes había sido su remo. La sangre brotaba como una cascada que bañaba el fracturado cuerpo de Virgilio. Los dos sabían bien que esto era el fin, que la batalla había terminado. La ballena tan solo desistía de existir y así como un simbolismo romántico, en el que Virgilio le había destrozado el corazón, los dos dejaron de arraigarse y como si se pidieran al mismo tiempo perdon por todo, desvaneciéndose de su vida material para convertirse ahora en un mito, abrazados partieron juntos cayendo hacia el fondo de aquel rojo mar. Mientras se perdían en toda aquella marea Virgilio recordaba nuevamente los atardeceres en que le hacía el amor a Salomé. Con una sonrisa en la cara desapareció junto con su amiga la ballena en el fondo de aquel mar iluminado por el alba.
Dicen los pueblerinos que si prestas atención al silencio del amanecer en las aguas de punta del este, el lugar donde se efectuo la batalla, aún puedes escuchar el eco de los gritos del dolor de “La Bicha”. Dicen también que si prestas mayor atención puedes ver la silueta de los dos contrincantes todavia peleando en el lado oscuro del horizonte.

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