Sunday, February 20, 2005

Album fotográfico:

Peinado de niño bueno:

Durante mucho tiempo tuve esta fotografía en mi cartera. Un par de amigas pretendieron apropiarsela, mas nunca desistí ante sus terribles encantos. Sabía que era única pues las copias anteriores las había perdido mi madre en sus numerosas bolsas extraviadas. Durante un par de años la consideré perdida pero apareció unas cuantas semanas atrás en una de mis carteras escondidas en el cajón de los recuerdos.

Aunque se encuentre un tanto deteriorada por los años, la conservo. El momento que me la tomaron no lo recuerdo, tan solo se que esta bien capturada mi risa traviesa asi como el peinado de niño bueno que mi madre me hizo. A diferencia de la foto esto último se ha perdido. Me refiero al peinado y al niño bueno, pero la sonrisa la conservo.

La terraza:

He dicho muchas ocasiones que cada fotografía esconde miles de secretos. La terraza no es excepción. Aquella tarde era como cualquier otra, calurosa o fría, en realidad no recuerdo tampoco. Sin embargo la magia de esta foto reside en capturar un momento irrelevante pero simbólico, representando la union de unos que viven bajo un mismo techo. No importaba los insultos ni problemas de días anteriores, todos podíamos a fin de cuentas apoyarnos sobre una pared de la terraza a contar los carros pasar.

Uyendo del Campo de Concentración Totontepec:

Aquella mañana me desperté mas temprano que cualquier otro día en Totontepec, aproximadamente a las 3:50 am. Sabía bien que no podía perder el único camión que pasaba ese día, y aunque este pasaría hasta las nueve de la mañana no podía correr riesgo alguno. Esa mañana no fui a cortar leña para bañarme con agua caliente, ni siquiera desayuné gorgojos con frijoles. Había empacado todo la noche anterior. Al momento que pasó mi camión mucha gente estaba en la parada de este para despedirse de mi. Sentí algo de melancolía, incluso unos niños me preguntaron si algún día los volvería a ver. A diferencia de mis compañeros consideraba yo que la honestidad es un valor fundamental y por lo tanto fui severamente sincero respondiendo:
-No lo creo.
Se despidieron de mi y el camión arrancó. A lado de mi iba un tipo sentado que acariciaba a su cabra. Sabía que sería un largo viaje, pero poco me importaba. Viendo mi ventana vi a un grupo de personas que se dirigían de vuelta hacía el Campo, me asomé y pense, esto sería una buena fotografía. Pienso que lo es, aunque el campo sea polarizado por una espesa capa de niebla, sin embargo encuentro en ello una preciosa analogía. Mis bellos días en el Campo de Concentración fueron siempre así, grises y llenos de neblina, y aunque algunos nacos lo confundan con Londres, para mi seguiran siendo bizarramente inolvidables. Aquel día en que huí no será la excepción.

La piedra:

David, identificado en la fotografía como la pequeña víctima del atraco de su hermano mayor Cesar, a la izquierda de la foto y su primo mayor, un servidor, idenficado a la derecha de la misma, se caracterizaba por llorar por todo y por nada a la vez. Un día de aquellos, en que la ociosidad nos hizo perder cabales decidimos que si lloraba al menos lo hiciera por un motivo valido. No recuerdo quien capturó el momento de esta emboscada, sin embargo no dudo que haya disfrutado tanto como nosotros de aquel momento.

A cada acción le corresponde una reacción. A cada emboscada corresponde otra. Tres días después iba subiendo las escaleras de la casa, por mirar a los escalones no vi que en una de las vueltas me esperaba David con una enorme piedra con la que golpearía mi cabeza para que terminara rodando hasta el último escalón de aquellas escaleras, incrédulo y casi inconsciente no podía creer tres cosas: la primera era el dolor que sentía, la segunda era el enorme tamaño de la piedra, me preguntaba de donde la habría sacado y la tercera el increíble poder vengativo de mi diabólico primo menor. La venganza es dulce, sin dudarlo y yo aprendí un par de lecciones después de aquel día.

Lagrimas Polaroid:

Paulina estaba sentada en su escalón favorito y todo era tranquilidad para ella aquella tarde, hasta que su tío sacó su camara polaroid. Ante tal desconocído evento, Paulina acudió a la única arma que poseé un ser de su edad, sus lágrimas. El día de hoy su tío tan solo espera que las emboscadas vengativas con piedras no sean parte de su mapa genético.

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