Mis demonios
Aquella noche que escribí mi último post ha sido una de las peores de mi vida. Al parecer el título que le dí se hizo presente unas pocas horas después.
Había pasado tiempo desde la última vez que me miraba en el espejo y no reconocía a la persona en el reflejo. Esto me estaba sucediendo en las pasadas semanas. Me daba miedo estar solo, me daba miedo el silencio. Tenía miedo de ver mis manos, de escuchar mi respiración, de escuchar mis pasos por que desconocía todo . Pero de alguna manera me había acostumbrado a vivir con ello; aprendí a desconocerme, ignorarme e incluso a veces hablar con el reflejo extraño.
Pensé que tenía controlada la situación.
Estaba equivocado.
Hace dos noches tuve una visita en mi cuarto. Estaba dormido cuando sentí que algo me abrazaba, pero no era un abrazo amoroso sino un abrazo asfixiante. Abrí los ojos, quizé gritar pero estaba mudo y mi vista difusa. Mareado y paralizado pude abrir la palma de mi mano, lo mismo hicieron mis labios que con escasa fuerza preguntaban:
- Qué quieres?
Pero nadie respondió. Sudaba frío y quería salir corriendo de mi cuarto, sin embargo mi perplejidad me lo impedía. Continuaba con la asfixia, pensaba que mi tiempo en este mundo ya había llegado. Pensé en la muerte, pensé en el diablo y de cierta forma estaba resignado. No lloré, ni temblé pero tampoco el otro ser hizo algo. Gradualmente dejé de sentir la asfixia, me tranquilicé pensando que era una pesadilla y volvi a cerrar los ojos.
Si que estaba equivocado.
Debieron haber pasado escasos minutos después de haber cerrado los ojos cuando volví a sentir al intruso, ahora no me abrazaba del pecho si no que lo hacía en mis piernas y me intentaba jalar hacia el suelo; pude gritar al fin y mover mi mano, que pretendía con ella agarrar la espada que siempre esta en la cabecera de mi cama (no estoy mintiendo), pero no lo logré. Sostuve la pelea por no caer hasta que los dos desistimos en movernos. Yo al fin podía moverme pero no me bajaría de mi cama, con mis parpados medio abiertos podia ver su silueta pues mi ventana estaba a sus espaldas, nos veíamos los dos y nos reconocíamos.
Ninguno de los dos nos moveríamos. Yo no apartaría mi vista hasta que los rayos del amanecer diluyeran su tenebrosa silueta y el no dejaría moverme de mi cama hasta que fuera tiempo de despertar.

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