Crack House:
El recordar mis últimos días de universidad es innevitablemente recordar a la vez las debrayantes reuniones en el “Crack House”. Bautizada asi por Kics, no por que se consumiera esa droga en aquel lugar, pues en realidad no se consumía otra cosa que no fuera alcohol y nicotina (y de que manera), sino por su aparencia poco favorable y su ubicación en un barrio apodado por la gente como el “bronx” de Monterrey.
Tarjeta de Presentación:
La primera vez que conocí a Cuino fue en mi primer examen de Medios de Transmisión, una de las materias mas dificil de mi carrera. Esa clase tenía la particularidad de impartirse a las 7 de la mañana y los examenes en sábados. En pocas palabras todos la odiabamos. Llegaba yo al salón a presentar mi examen y en una de las ventanas encontré a este ser, evidentemente borracho, con una increíble lucha contra sus parpados por no caer dormido. Su aroma era una mezcla de bacardi con tacos de buche y nicotina. Su vestimenta, una camisa con todas las cicatrices que una noche debrayante podría otorgarle, con manchas de salsa, sudor y cerveza. Se balanceaba para enfrente y para atrás, tratando de no caerse. El examen comenzó y el se sentó en frente de mi. Lo último que recuerdo es que al terminar de resolverlo Cuino estaba totalmente muerto sobre su escritorio. En verdad no podía creerlo, envidiaba su descaro. El reprobaría la materia, pero al menos lo haría con estilo; el “crack house style” que semestres adelante comprendí.
Trompetas y un acordeón:
Comienza la canción e igual pudieran ser “Los Angeles Azules” que “La Sonora Santanera”. Cuino se levanta de su silla, toma de un solo sorbo la mitad de la cerveza que agonicamente sobrevive en la botella que sostienen sus manos. Confianzudamente toma la mano de la primera mujer que sus ojos a parpado medio cerrado pueden localizar. La toma, la avienta, le da una vuelta, la quiebra, y en aquella pista improvisada, saturada de botellas rotas, cigarros a medio apagar, y muebles destartalados, bailan con envidiable ritmo y gracia. Los que a esa etapa de la noche aún no pierden el pudor aplauden al ritmo. Pero siempre era tan solo una cuestión de minutos para que todos estuvieramos sobre aquella improvisada pista, cantando : “ Y yo que deseo a morir” ... “que bello cuando me hablas asi”. Un par de trompetas y un acordeón servían como luna llena sobre nosotros para licantropicamente transformarnos en una monstruosidad “Kitcheana”.
Nostalgia:
No importaba en realidad cual fuera el plan de la noche, sabíamos en el fondo que tarde o temprano arrivariamos al “Crack House”. No importaba en realidad la hora, pues bien podíamos llegar desde las nueve de la noche y hasta las cinco de la mañana con la certeza de que algo sucedía en aquel lugar. Sin embargo cometo un error al clasificarlo como un lugar, pues era una conjunción de una localidad y las personas que lo formabamos. Todos eramos parte de aquel suceso, eramos como miembros de un mismo club.
Eran nuestros últimos días juntos. Sentía remordimiento de no haber conocido antes a cada uno de ellos. Los días dolían, contabamos las historias de nuestra universidad, como queriendo memorizarlas palabra por palabra, contabamos también cada cerveza que tomabamos, esperando que no fuera la última, pero dentro de poco llegaría nuestro último brindis, pronto seríamos ingenieros y graduariamos. Pronto todo terminaría y cada uno tomaría su camino.
La última vez que fui al “Crack House” fue para dejarle un mueble a Visbal, otro de los habitantes de la casa. Me acompañaba aquella tarde Luigi, a quien le había pláticado tantas historias del lugar. Recuerdo todo: las agarraderas de la escalera oxidada, los letreros con liquid-paper en los aluminios azules y el olor a amoniaco. Visbal abrió la puerta. Metí el mueble que poco compensaba a todo el vacío que ahora se sentía. Todos se habían ido, y parecía que tan solo quedaban ahora nuestros recuerdos, nuestras historias. Como ya era costumbre mía era uno de los últimos en partir, y tenía que vivir ahora con el peso de aquella imagen.
Tal vez por eso escribo, por que me pesan los recuerdos; o talvez por eso me pesan los recuerdos, por que los escribo.

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