La vuelta a Italia en 80 copas:
Me dijeron alguna vez que aquel viaje había sido un terrible error, que a causa de este había perdido un año de mi vida, sin embargo pienso absolutamente lo contrario. Por primera vez en mucho tiempo me convencí de saber que es lo que realmente quiero hacer de mi vida. El desconcierto ante un futuro claro se controló, idealismos se desvanecieron, algunos sueños fueron cumplidos, otros simplemente cambiaron de cara, esencia y profundidad. Sin Italia no sé donde estaría o hacia donde me dirigiría.
Sala de Espera:
Al volver, cuando me pregunta la gente si mi viaje fue lo que esperaba, prefiero ahorrarme la larga explicación y contesto con un ligero “no”. Desde el momento que aborde el avión en el aeropuerto de El Paso y hasta llegar al de Malpensa tuve suficiente tiempo para pensar lo que podía esperar del viaje. Pasé por 12 horas de noche fría esperando transbordar en Houston y otras 5 en Newark.
Las horas de Houston fueron las más difíciles; el frío nunca me dejó dormir, mi única compañía eran unas pantallas que transmitían concurrentemente media hora de noticias. El aeropuerto se encontraba vacío la mayor parte del tiempo en aquellas horas de la madrugada. Eran las tres de la mañana cuando una señorita que evidentemente trabajaba ahí se me acercó con cobijas y almohadas, probablemente por haberme visto temblando en uno de los incómodos asientos. Sería ella el primer ángel que conocería en mi viaje. Gracias a ella pude al menos descansar del frío y caer en un colapso entre el estar despierto y estar soñando. El señor pulidor de pisos se encargaría de despertarme una hora después con su máquina poco silenciosa a pocos metros de mis oídos.
Despegó por fin el avión que me llevaría a Newark, recliné mi asiento, cerré la ventanilla, programe una lista de música relajante en mi ipod, que me ayudaría a conducirme al mundo del descanso, y en el preciso momento que me disponía a hacerlo se encendió la bocina con la que el piloto se comunicaba con los pasajeros. Es normal, pensaba. Estaba equivocado. “I am sorry to inform you that we will have to return to George Bush International Airport, one of our engines ...“ . De pronto me sentía como en el cuento “Acaso Irreparable” de Benedetti, en el cual su personaje principal se encuentra atrapado en circunstancias similares a las mías. Aquel aeropuerto quería consumirme, mis esfuerzos por escapar de él aparentaban ser inútiles. Sentía en aquel momento como se inclinaba hacia la izquierda el avión para retornar hacia aquel despreciable lugar. Lo único que quería era avanzar, pues ya habían pasado 13 horas desde que había comenzado mi viaje y aún no salía de Texas. Phileas Fog estaría muy decepcionado de mí. Duré dos horas mas en aquel aeropuerto y debido al contratiempo me dieron la gratitud de un ticket, valido por bebida alcohólica en el avión, el cual jamás usé.
Newark fue otra historia, al menos había gente y comida. Podía ver por sus ventanas parte de Manhattan. El resto de los sucesos en este aeropuerto fueron poco relevantes, así como las que pasé en el avión, no sé si por fatiga, fastidio o desesperación, pero pretendo no recordar mucho de esas horas.
Fue tal vez tanta mi espera que al llegar a Malpensa decidí no esperar nada más, ni siquiera un minuto. Pero en el fondo si esperaba algo; ver las sonrisas de mis italianitas al reencontrarnos, ni una sola cosa más.
Levantando un letrero improvisado en una hoja de papel que decía: “Welcome Mr. Chivardi & Mrs. Tequila”, me esperaban Nicoletta y Antonella. Nos abrazamos hasta sentirnos observados. Habían pasado dos años de aquella despedida en una mañana llena de lágrimas en Austin. Les había prometido que algún día iría a visitarlas a sus tierras. Recuerdo muy bien cuando se lo prometí a Nico. Fue en Guadalajara y curiosamente manejaba hacia casa de una amiga que no había visto en ocho años, ella me preguntó si algún día haría lo mismo por ella, yo respondí bromeando que sí, un día probablemente cuando estuviese gordo, viejo y pelón. Ella solo rió y me hizo que le prometiera que algún día nos volveríamos a ver. Aquella mañana en un Malpensa lluvioso cumplía mi promesa y ellas sonreían mas de lo que pudiera esperar.
Malpensa es un pueblo a las orillas de Milan. Algunas aerolíneas, como en la mierda que viaje, utilizan su aeropuerto para acortar costos. El camino para llegar al centro de Milan, donde vivían mis amigas, tomó 45 minutos. Tomamos un par de capuccinos en “Caffè dei Cherubini” enfrente de “Piazza XXIV Maggio”, la cual no estaba lejos de su casa; sin embargo no existía cafeína suficiente en todo Milán para mantenerme despierto aquella mañana. Quería hacerlo pero mi cuerpo cayó rendido al tocar la cama de Nico.
Horas después ella me despertó, un tanto impresionada por el volumen de mis ronquidos. Aprovecharíamos la tarde para hablar mientras tomábamos dos copas de “Pinot Chiaro” en “La Taverna del Ducca”, ubicado a escasos metros de su departamento. Entre bocadillos, aceitunas y tragos de vino intercambiábamos historias tratando de recuperar el tiempo perdido. Micke “El Sueco”, novio suyo y amigo mío, se uniría a nosotros horas después ya que había ido a su clase de italiano. Después de un par de copas volveríamos al departamento ubicado en “Via Montagani” donde prepararía el guacamole más asqueroso que he hecho en mi vida.


Antonella no tardo en llegar al lugar con otra botella de vino de mesa, tomamos un par de copas también mientras cenábamos el asqueroso guacamole que prepare. Al terminar decidimos que era buena idea abrir también una de las tres botellas de Tequila que llevaba. Terminamos la noche en un bar donde había una fiesta “Absinth”, a la cual llegamos tomando el metro.


Recuerdo estar abrazado con Nicoletta afuera del bar, le decía todo lo que pensé contarle, confesarle y explicarle por estos dos últimos años; todo lo que tenía que decirle lo dije aquella noche y no me arrepentí jamás de hacerlo. No podía esperar un día, ni siquiera una copa más. No quería estar más en aquella sala de espera, no queria saber más de esa palabra. No recuerdo bien las palabras que dije pues no era yo del todo quien hablaba, y si bien aquella noche aunque no hubiera dicho una sola palabra ella hubiera entendido todo con mi mirada. No insiste con mis palabras en ninguna otra noche, tan solo tenía que decirselo una vez, con eso bastaría para mi tranquilidad. Era mi primera noche en Italia apenas y bien habría podido regresar feliz a México el día siguiente, pero tanto el viaje como esta historia apenas comenzaban.
(72 copas más...)

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