La vuelta a Italia en ochenta copas:
Las narices de la noche fría:
Al momento que sentía mi nariz como un pedazo de hielo pegado a mi cuerpo, mientras pedaleaba mi bicicleta sin frenos, siguiendo a Micke y Nicoletta por una calle desolada y poco iluminada de Milán, supe que se convertiría en un perdurable recuerdo más a la cuenta. Llevaba muchos ya en mi viaje a Italia y apenas era mi cuarto día.
Veníamos de una cava donde habíamos tomado dos botellas de vino blanco y otra de tinto. No teníamos rumbo aparente, tan solo pedaleábamos un poco entorpecidos por el efecto de las ya mencionadas.
Sentía la música en todo, a pesar de no escuchar otra cosa que las llantas de las bicicletas abrir su paso por los charcos.
Antonella había comenzado a tomar con nosotros tres pero tuvo que partir en camión, ya que trabajaba al siguiente día. Habíamos arribado a aquella cava en bicicleta, el plan era volver al departamento de Via Montagani, pero algo nos hizo cambiar de opinión y sin decir una palabra comenzamos a recorrer las vías del frío Milán. No dijimos muchas palabras en toda la noche. Todo parecía un consenso inconsciente de viajar hacia algo que desconociéramos. De perdernos.
Mis rodillas temblaban, mi nariz era un hielo, pero mi boca abierta en forma de una rebanada de sandia, mostrando mis dientes ennegrecidos por el vino, era cálida como el desierto. Sonreía.
Era casi medianoche y no sentíamos que importara otra cosa más que él avanzar, hacia algo, hacia nada, talvez en círculos, no recuerdo la verdad. No era algo que nos preocupara, tan solo veíamos la necesidad de pedalear y pedalear, como si cada vez que lo hiciéramos fuera un latido de nuestra vida. En nuestros pocos desplantes de lucidez nos reíamos.
Aparentemente esas siete copas habían cumplido su misión.
Deseábamos perdernos, como siempre fue y será nuestra costumbre. Esta ocasión no era un bosque, ni una playa, eran las calles y callejones fríos de Milán. Me pregunta en ocasiones la gente él motivo de estas acciones, la respuesta es sencilla: Para poder encontrarse primero hay que perderse.
(65 copas más)


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