Ubriachi di amore:
Caminábamos como de costumbre, sin rumbo fijo, con más palabras que pasos. Siempre fue así con ella, desde que la conocí. Brincando charcos, cazando recuerdos con una cámara y empapando el ambiente con sonrisas. Ella me platicaba sus planes y sueños, yo le respondía con los míos. A veces la luna era nuestro testigo, a veces tan solo las nubes. Sin embargo aquella tarde encontraba cierta mortificación en su mirada, me decía que sentía que no me había dedicado tanto tiempo como ella quisiera, pero yo comprendía sus motivos. Sentía un gran compromiso de mostrarme los rincones más interesantes de aquella ciudad al norte de Italia. A mi no me importaba tanto. Se lo había dicho muy claro desde el primer día que llegue, aunque tal vez no tomo mis palabras en serio. Yo era feliz con el simple hecho de caminar por las húmedas calles a lado de quien algún tiempo fue mi mejor amiga y por otro, o tal vez el mismo, de quién me sentí completamente enamorado.
Encontramos por casualidad la exposición de una artista italiana quien regresaba de estar un par de años en Nueva York. El vino que ofrecían era mejor que las pinturas expuestas. La mayoría eran solo torsos de mujeres desnudas, unas más gordas que las otras. Tomamos un par de copas y bocadillos, por supuesto no podía faltar el queso gorgonzola que tanto odiaba.
Proseguimos caminando, dando vueltas por barrios desconocidos para ella, mirábamos al cielo, como una canción, como intentando volar, nos tirábamos al suelo repleto de hojas secas moviendo nuestras piernas y brazos, intentando hacer angelitos, fracasando. Nos sentíamos borrachos de amor, no de otra cosa, no del vino barato que habíamos tomado. Parecían aquellos felices momentos tan eternos en aquel entonces y tan pequeños ahora en el recuerdo.
Así quiero recordar aquella noche.
(52 copas más...)

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