Pecadores anónimos:
Solíamos estacionarnos en la orilla más oscura de la calle Eucalipto; ella interpretaba pobremente su papel de ingenua, pretendiendo no saber los motivos verdaderos del porque habíamos terminado estacionados en la sombra nocturna de aquellos pinos, en la orilla mas oscura de aquella calle. Me encantaba la manera que interpretaba aquel personaje. A su vez, jugaba yo también mi papel de desapercibido, pretendiendo solicitar una charla amigable, sin embargo mis intenciones iban más allá de eso, y juro que también las de ella.
Lo podía ver en sus ojos y escuchar en sus respiros.
Después de unos minutos de analizar el terreno ella nerviosamente se acercaba a mi, se transformaba poco a poco y beso a beso en un ser que perdía lentamente su control; una docena pasaba y ella era otra ya, con ira se apropiaba del asiento de conductor en el que yo dentro de poco me convertiría solamente en un espectador, atónito e inerte. Después de cortos intervalos volteaba frecuentemente al espejo retrovisor, asegurándose de nuestra privacidad, sin alterar la intermitencia de sus pasionales técnicas. Mientras tanto, yo tan solo tiritaba y tiritaba. Temblaba y sentía que la amaba. Se lo trataba de decir, mas con palabras que con besos; ella con reclamos me respondía que no era el momento para semejantes cursilerías, tal vez prefería que se lo dijera mientras tomáramos un café o en cualquier otro momento en que la intimidad no fuera un compromiso. Hablábamos con respiros bruscos, identificando nuestros niveles de excitación, los palpitares se unificaban en un solo idioma, continuo e incremental hasta casi explotar, hasta lograr un segundo de olvidarnos juntos de aquella calle oscura, de aquel espejo retrovisor, de aquellos pantalones bajo de las rodillas, de aquella existencia, de aquel universo. Tiritábamos ahora los dos, con parsimonia, con calma y serenidad, tan solo por un momento. La miraba a los ojos ahora mas profundos que nunca, y desde aquel fondo que parecía tan inmenso provenían ahora lágrimas. Me empujaba. Abandonaba el asiento del conductor, acomodaba su ropa, y sin voltearme a ver me pedía que la llevará a su casa. Estas llorando, preguntaba y ella solo respondía lo mismo: Llévame a mi casa.
Nunca entendí totalmente aquella frontera entre su deseo y culpabilidad. Siempre coexistíamos en un lugar indefinido de ese territorio indeciso.
Encendía el coche; mientras manejaba trataría de encontrar las respuestas al enigma, sin embargo como comprenderán, nunca tuve la capacidad para solucionarlo.
El resto del camino sería lleno de silencios molestos y de sus lágrimas. Me sentía como la peor persona del mundo y hasta hoy día no se si ella lo hacía con aquella intención. Ella se bajaría del automóvil a las faldas de su casa, y justo antes de azotar la puerta diría con terrible tono:
- A veces pienso que solo me quieres para eso.
Ella estaba equivocada, y a pesar haber logrado por tantas ocasiones hacerme sentir tan miserable, tiempo después yo entendería que mis motivos para sentirme así eran equivocados. Era algo tan normal y tan bello, pero ella siempre lo hizo ver tan indecente.

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