Volvimos a casa, terminamos de comer y nos dirigimos hacia el bar donde veríamos el “super bowl”. Mientras celebraba eufóricamente, tomando cerveza, que el equipo de la ciudad donde vivo ganaba el partido, sentía un dolor fuerte de la cabeza, sobre todo en la parte superior. El dolor fue aumentando y aumentando hasta que no pude gritar más. El resto del bar cantaba, se abrazaba y se besaba. Yo solo sentado en uno de los rincones seguía tomando mi cerveza que poco a poco se volvía mas insípida y seca. Me costaba trabajo sonreír a pesar que pareciera tan contagioso el sentimiento. Salimos a celebrar a las calles y el mundo seguía eufórico, incrédulo y cantando a su equipo campeón. Me reuní con un par de amigos que encontré en la calle matizada por la nieve. Decidimos ir a otro bar a continuar la celebración, pero sentía que nada pasaba. Después de un par de cervezas más decidí que lo más prudente era volver a mi casa.
Esa noche soñé que se me caían los dientes y en la mañana me despertó el dolor de cabeza que había adquirido desde el bar, sin embargo ahora era peor, sentía como si un par de duendes me hubiera visitado en la noche y me hubiese agarrado a martillazos. Se lo que piensan, y créanme que se perfectamente distinguir entre una cruda y una maldición. Ni la peor de mis crudas me generaría un dolor de aquel tipo, pues no era solo físico, era algo mas. El resto del día continué con el dolor y nada parecía hacerme sonreír.
Me sentía vacío. Ni siquiera altas cantidades de aspartame parecían reconfortarme. Seguía pensando en las malditas papas, en la hamburguesa y los nuggets, en aquel mal negocio que había aceptado. El dolor de cabeza continuaba y tan solo podía pensar en el momento en que este desaparecería aunque parecía que este sería en una eternidad.
Caminé hacia mi casa por la noche. Mis pasos se enterraban en la nieve. En otras ocasiones podía disfrutar hasta eso. Ahora solo era miserable. Cuando llegué a mi hogar noté que Cheech había comprado dos cajas de cereal y una barra de pan. El recibo de dicho estaba doblado en un rincón de la mesa. El total era: $ 9.76. Saqué un billete de 5 dólares y lo puse sobre la mesa a un lado del recibo, como señal de contribución de mi parte. Cosa que nunca había hecho antes.
Gente que me conoce bien sabe de antemano que soy una persona que aprecia su soledad. Sin embargo esta ocasión era extrañamente diferente, sentía escalofríos, no era la misma soledad que conocía y practicaba con tanta facilidad. Era otra cosa diferente.
Caí noqueado en mi cama esa noche. Pensando en los nuggets, las papas y la hamburguesa. Que mal negocio pensaba. Si los pudiera vomitar lo haría, sin duda. Pero era demasiado tarde. Estaba arrepentido.
Aquella noche soñé con ella. Me hacía caminar por una playa iluminada solo por las constelaciones que una noche inventamos, las nubes seguían tomando formas de conejos y las olas reventaban cual coros de sirenas. Me tomaba serena y parsimoniosamente del cuello para darme un beso y justo en ese momento en que sus labios rozaban los míos yo despertaría. Abrí los ojos, era oscuro aún, el dolor de cabeza había desaparecido. Podía sonreír ahora con facilidad. Volteé hacia mi despertador para ver la hora y este marcaba: 3:30AM .Sabía entonces que mi alma había vuelto.
La vida sin duda esta llena de símbolos y uno hace de ellos lo que cree más conveniente. Yo que pensé haberle vendido mi alma al diablo no solo por que el precio de mis nuggets, papas y hamburguesa curiosamente sumaran la cantidad “satánica” sino por haber firmado el pacto con el acto de robar dicha comida. Mi alma había sido tomada aquella noche en el bar, haciendo que odiara hasta mi soledad. Sin embargo, como alguien alguna vez contó, siempre existe el camino del arrepentimiento, el cual decidí tomar, haciendo cosas buenas, como pagarle a mi roomate la comida que nunca le pago. Mi alma volvió esa noche en mis sueños y regresó en forma de un beso, curiosamente a las 3:30, lo que nos lleva al último símbolo, el treinta y tres.

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