Parecía que caminabamos por las paginas de nuestra propia enciclopedia, los momentos parecían capítulos y las risas ilustraciones de esta. Nuestras historias caian cuales hojas secas en un atardecer de octubre, ese mismo octubre que tuvo la mística de unirnos y el descaro de después separarnos.
Mientras ella interpretaba las notas en su piano, me instruía como tocar otras notas fáciles para que pudiera acompañarla en la melodía que interpretaba, usando yo la otra mitad del mismo piano. Mientras tocabamos, yo imaginaba verla volar alrededor del cuarto, girando y girando, con su mirada sentimental, con su sonrisa embrujante y con su delicada forma de acariciar con sus dedos aquel instrumento musical.
Sus respiros delataban que ella estaba imaginando algo similar a mis pensamientos. Su mirada fija en mi, cuando yo bruscamente entonaba las notas memorizadas que me habría mostrado momentos anteriores, me convencía que no volaba solo en aquel cuarto tan musical.
La musica terminó, pero nuestra nostalgia nos llevo a caminar hacia el lugar donde todo inicio, aquel parque hundido que fue testigo de nuestro primer beso perdido; aquel donde todo había terminado también. Las gotas de la lluvia eran lo unico frío aquella noche tan bella en la que recordé lo bello que ella me hacia sentir.
La veía y parecía que no hubieran pasado un solo día desde que la vi por ultima vez. Me percataba entonces que existen cosas que nunca cambián y que probablemente nunca dejarán de ser.
Era tiempo de decir adios, la abracé y la besé. Ninguno de los dos derramaría más lágrimas. Los dos sonreíamos pues aquella noche habíamos engañado al tiempo, dejando a un lado nuestro historial de reencuentros dramáticos. Esa noche nos habíamos mofado del destino y lo habíamos hecho tocando canciones en un piano.

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