Me encontré aquella noche entre dulces y traiciones, y dulces traiciones que el mismo tiempo daría eventual razón de ser. La noche presentaba todo como algo tan lógico y tan natural que era casi imposible ignorar. En menos de lo que pensaba, en mi vida, ella era una cinta y yo era Moebius. Yo era el parque y ella la continuidad. Yo era Julio y ella Cortázar. Todo parecía un ciclo en el cual yo sabía terminaría estando al reves.
Todo existió por aquella dulce sensación de traicionar o sentirse traicionado, y justo cuando menos lo imaginamos nos vimos los dos, nos vimos a los ojos y nos percatamos entonces que eramos la traición y la razón-de, de que eramos uno mismo, y que siempre lo habíamos sido... aunque en realidad nunca lo habíamos sido también... o tan bien.
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