Thursday, November 29, 2012

Maldita Matilda.

A papá y mamá... 

El Fin :

Matilda no tenía la culpa de ser tan puta.

Ella, así como cualquier otra persona, a través de los episodios de su vida podía encontrar una narrativa que ultimadamente justificara su forma de ser.  


Venían a su mente los recuerdos de cuando era ella aún pequeña cuando su tío Reginaldo la llevaba de excursión a los arrollos cerca de Totontepec a pescar, donde le enseño el juego del circo, en donde ella irremediablemente terminaba besando la trompa del elefante. 


De un escondido rincón de su mente efimeramente brotaban los recuerdos de Eucario, su primer amor, a quien le entregó su virginidad incluso antes de su primera menstruación. 


Los recuerdos de Eucario, con su pelo corto lleno de canas, una gigante verruga al lado de su ojo izquierdo y su espalda tatuada con las catorce estaciones de la viacrucis, siempre venían acompañados de las lágrimas de Matilda, ya que las cicatrices que dejó éste en el corazón de ella parecían que nunca fueran a sanar.  

Tan sólo mencionar el nombre de Eucario a Matilda se le ponía la piel "chinita".
A Matilda no le había importado que éste fuera pobre y que fuera un velador de oficio, ni que estuviera casado y con dos hijas, ni que le hubiese mentido todo el tiempo...  todo se lo hubiese perdonado Matilda, pero ella para Eucario no era más que una muñeca rota y un día decidió no hablarle más. Ella no comprendió hasta muchos años después que había sido sólo una aventura para aquel flacucho velador, sin embargo, ya era muy tarde, pues la furia de su puta interna ya estaba totalmente desatada y lista para destruir la vida de muchos desdichados en los años siguientes.  

A veces se decía a si misma que la culpa de que ella fuera tan puta la tenía "diosito" por haberle dado aquellas nalgas y aquellas tetas. 


Ella tampoco sentía tener la culpa de que Juan "Totoreco" en un ataque de celos hubiese asfixiado al padre Adolfo mientras dormía, horas después de haberlo sorprendido cogiéndosela en el confesionario de la catedral de Santa Cruz Matagallinas. Mucho menos que después de ello los pueblerinos hubiesen desatado su ira quemando vivo a Juan, amarrado al quiosco de la plaza. ¿Cómo hubiese podido imaginar que aquel pendejo había estado toda su vida secretamente enamorado de ella?

Sin embargo, por más que se dijera a sí misma que no era culpa suya, sabía en el fondo que sí lo era. 

Cada media noche después de escuchar las trece campanadas, sabía que Juan "Totoreco" la estaba esperando debajo del candil que se veía desde su ventana. Cada noche, cuando ella se asomaba, volteando hacia esta dirección,  lo había visto, circunspecto, observándola desde aquella esquina poco iluminada, con unos ojos llenos de ira, tratando de hacerla sentir un poco de culpa. 

Lo único de lo que podía estar segura desde el día de la ejecución de Juan "Totoreco" era que éste la esperaría cada noche en aquella esquina después de que las trece campanadas sonaran a media noche. 


Ella se sentía enclaustrada. Por una parte se había creado esa narrativa en la cual ella estaba excenta de culpa, pero sabía bien que había sido el catalizador que había desatado toda aquella cadena de eventos en el pueblo, pues recordaba cuando Juan los había encontrado en el confesionario, y como ella siguío fornicando con el padre, incluso exagerando sus gémidos, recordaba la cara de ira e incredulidad de Juan, misma cara que la atormentaba cada noche desde la esquina que podía observarse desde su ventana.


Fue un 13 de Octubre cuando Matilda decidió confrontar sus miedos. 

-Esto no es vida.- Se dijo así misma aquella noche.


Después de escuchar las trece campanadas desde la catedral a media noche, Matilda salió de su casa para esperar a Juan "Totoreco" en aquella esquina desde donde siempre la observaba, sin embargo pasaron los minutos y Juan nunca llegó. Las calles en Santa Cruz se sentían espectralmente desoladas. La neblina se diluía entre los contornos de las piedras de sus calles y se podía respirar el frío del viento. Algo le decía a Matilda que esa noche Juan no se presentaría en esa esquina en la que éste siempre la esperaba, sin embargo algo dentro de ella la llamaba a otro lugar, pues ella ya había tomado el valor aquella noche para enfrentar todos sus miedos y todas sus culpas a la vez... todo apuntaba hacia solo un lugar... el lugar donde todo comenzó y todo tenía que terminar. La catedral abandonada de Santa Cruz Matagallinas, la misma desde donde nacían las trece campanadas cada media noche, la misma donde Juan "Totoreco" habia sorprendido a Matilda fornicar con el padre Adolfo y donde había sido éste asfixiado por el anteriormente mencionado. 


Matilda, en ese momento de claridad, trató de convencerse de que todas las respuestas apuntaban hacia la catedral, corrió hacia ésta como si el mañana no existiera, como si demonios estuvieran corriendo detrás de ella.

Mientras ella corría hacia la catedral podía sentir los espectros del pasado en cada calle de aquel pueblo, como si cada esquina contará una historia diferente, como si el mismo tiempo se hubiese detenido.

Ni la oxidación ni el salitre del portal, de la cadena y del candado en la entrada de la catedral la detuvieron. Matilda abrió todo a patadas, se sentía tan poderosa con aquella inercia en la que por fin, después de mucho tiempo enfrentaba sus temores. Aquella noche estaba marcada por esa energía que la había ayudado aconfrontar la incertidumbre de su vida, en la que combatía a todos sus demonios internos.


Las altas puertas de roble de la iglesia fueron ligeras ante la fuerza de sus brazos al abrirlas. Sintió como el equivalente a una decada de polvo flotaba por el pasillo que llevaba al altar principal, camino hacia el, a la mitad del pasillo podía percibir a su derecha, el mismo confesionario en que solía fornicar con el padre Adolfo al menos tres veces por semana. Extrañaba ese sentimiento de follar con al padre Adolfo, en el que ella se sentía un angel, una emisaría de dios para calmar el libido de sus fieles sirvientes para que pudieran seguir salvando las almas de este mundo terrenal, al menos así se lo decía el mismo padre Adolfo después de eyacular cada vez dentro de ella y cada vez que Matilda escuchaba esas palabras en su oído se sentía un poco más cerca al paraíso.


Cuando Matida llegó por fin al altar principal,  sus eróticas historias terminaron, pues al ver aquel gigantesco Jesucristo sangrante y lleno de sufrimiento le ayudaba a tomar un poco de perspectiva y a sentirse un poco menos importante de lo que ella pensaba.

Continuó caminando por el pasillo que la llevaría hasta llegar a las escaleras detrás del altar principal, las cuales la llevarían hacia el campanario de donde colgaba una cuerda amarrada al diente de la campana. 


Era tiempo de confrontar todos los miedos, pensaba Matilda.

Subió las escaleras que la llevarían hasta el mismo lugar donde Juan "Totoreco" jalaba de la cuerda cada media noche para hacer sonar las trece campanadas que atormentaban  a los habitantes de Santa Cruz Matagallinas. Si alguien podía poner un alto a todo esto ese alguien era ella, pues a pesar de justificarse cada mañana, ella sabía bien realmente lo que sus actos en el pasado habían influido en la maldición de ese pueblo. 


Matilda terminó de subir las escaleras y se encontró por fin en ese pequeño espacio donde Juan "Totoreco" solía hacer sonar la campana cuando aún se encontraba con vida. Su sorpresa no fue la de encontrar el espectro de Juan, sino que también ahí estaban los espectros de Sigifredo, Urbano, Carmelo y Adolfo, los cuatro difuntos padres de Santa Cruz Matagallinas, a un lado de Sigifredo se encontraba Sor Cipriana, la monja que siempre lo amó. Todos ellos sonreían al verla por fin en ese pequeño espacio, y sólo fue entonces cuando ella comprendió que era su turno para tocar la campana. 


Cada vez que ella jalaba de la cuerda, que hacia sonar esta campana en la catedral, veía como sus compañeros se diluían con el viento, veía como ellos iban desapareciendo con el frio viento de la noche y los retumbos de las campanas. 


Con cada campanada Matilda recordaba un poco más de aquella tarde de octubre en la que sus propias cenizas volaban por la plaza de Santa Cruz Matagallinas, sólo semanas después de la incineración de Juan "Totoreco". 


Había pasado una semana, cuando la presidencia de Santa Cruz Matagallinas recibió una carta reprobando los actos inquisitorios que implicaban la ejecucion de Juan "Totoreco" y a su vez estrictamente prohibía cualquier representación eclesiastica hasta que una ardua investigación fuera efectuada.

Matilda entonces recordaba el ardor de las llamas en sus pies, el crujido de su piel extinguirse, el sonido de sus propios chillidos mientras el pueblo satisfacía su ira viéndola consumirse entre llamas, irónicamente juzgándola por prohibir al pueblo estar cerca de Dios. Cada recuerdo de aquellos momentos había sido bloqueado por su mente, hasta ese instante que ahora era expresado con ira retumbando la sonora campana trece veces... sólo trece... ni una sola más, por más que ella quisiera. 


Era media noche nuevamente.


Maldita Matilda, por tu culpa las misas fueron prohibidas en este pueblo...ingenua tú que pensabas podías salvarte.  



Epílogo:


La historia de Maldita Matilda ha sido una de las más díficiles que me he encontrado en mi vida, a pesar que desde que escribí la primera línea sabía como iba a terminar. Sin embargo en mi ineficiencia me fui encontrando con un laberinto infinito del cual no tenía intención salir. En realidad esta historia siempre fue un legado de la tradición de los pueblos de México que me  fueron heredados por medio de mis padres, a quienes dedico inequivocamente esta historia.

Recuerdo aquella tarde en mi casa de Ciudad Juárez hace un par de años en la que les leí a papá y a mamá el primer borrador de esta historia. Habíamos terminado de comer milanesas, mi platillo preferido. Mi madre fue la primera en preocuparse por mi enfoqué atacando la tradición religiosa, queriendo detenerme un poco mi severidad, mi padre se reía de mi descaro, y despues de un par de copas ambos aportaban un par de ideas que enriquecían la historia, desde el enigma de San Caralampio y hasta la personalidad de Sor Cipriana, mi historia tal vez se desvanezca en mi mente después de que sea publicada, pero aquellos momentos en los que discutiamos en la sobremesa esta historia se que me los llevaré hasta el dia que tenga que tocar yo las campanas. Es por ello que les dedico esta historia que me tomó casí cuatro años terminar.











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