Mi primo Cesar y yo siempre compartimos el mismo temor por las tres muñecas pelonas de traje negro, que habitaban un rincón del polviento patio de aquella casa, en la calle Campo Verde, donde mi abuela solía vivir.
El tendría siete años de edad y yo apenas dos mas que él. Siempre que yo pasaba mis vacaciones en la ciudad el practicamente se mudaba conmigo dentro de aquella casa, en donde desperdiciabamos la mayoría del tiempo jugando con los G.I.Joe y comiendo las tortillas con mantequilla recién salidas del comal donde nuestra abuela las preparaba.
Aquellas tres tenebrosas muñecas pelonas habitaban aquella casa tal vez mucho antes que cualquiera de nuestras memorias hubieran existido. Eran propietarias de aquel polviento patio al cual escasas ocasiones teníamos el atrevimiento de asistir. Sin embargo un día tomamos el valor necesario para combatir nuestro temor. Aquel día decidimos dejar de temer a lo que no podríamos comprender, y eso era el misterioso poder del temor que despidían aparentemente aquellas muñecas en nosotros, tal vez pensabamos que estabamos madurando, que eran los pasos que un hombre tenía que dar para dejar de ser niño y comenzar a ser adulto. Nos sostuvimos las manos, amarrando nuestro valor. Nos acercamos temblando a ellas y con valor yo sostuve dos de ellas y Cesar sostuvo la otra. Corriendo salimos por el pasillo que conectaba a aquel patio con la calle y en donde en la que pareciera en ese momento extensa finalidad se encontraba el bote de basura. Al llegar a el las tiramos, orgullosamente, pues habíamos tenido el valor para deshacernos de aquellas. Eramos ya otros, pensando ingenuamente que aquel extraño sabor que sentíamos entre nuestros paladares era el sabor a la dulce victoria. Las muñecas pelonas no tenían cabida mas en nuestra vida, las habíamos aníquilado.
Volvimos al segundo piso donde pasamos el resto del día jugando super nintendo y comiendo tortillas de harina (14 años despues y aún no he podido rebajar la lonja todavia que adquirí en aquellas vacaciones gracias a aquellos banquetes).
El día siguiente parecía ser la cúspide de nuestros logros y pretendiendo celebrar salimos a nuestro nuevo territorio conquistado, el patio. Incrédulos y atónitos observamos el trasfondo que aquel lugar nos exhibía: Las mismas tres muñecas pelonas vestidas de negro paradas en el mismo rincón, pareciendo tan vivas y ahora tan enojadas. César y yo corrímos llorando y escondiéndonos en el rincón más alejado de aquella casa. Aquella escena quedaba fuera de nuestra comprensión y tan sólo podíamos pensar que Satanas pudiera haber sido el creador de tan severos actos. Aún alejado mil kilómetros de aquella ciudad no pude dormir, pues siempre que me asomaba a mi ventana que daba al patio me causaba cierto temor de que las pelonas me hubieran seguido. No puedo pensar como fue que César supero aquel trauma.

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