Tuesday, December 13, 2005

Puente para suicidas:

El frío lo podía sentir hasta en sus pestañas. La abrazaba fuerte sin pretender abandonarla. Me había seguido hasta aquel puente, de donde había decidido quitarme la vida días atrás. Los dos caíamos.

Dos semanas antes:

Las calles eran las mismas, así me parecían. Ninguna con alguna particularidad. Blancas y un tanto aburridas. Los pasos eran fríos y las sombras abundantes. Las hojas de los árboles nos habían abandonado semanas atrás. Recordaba bien aquellos días en los que las vi partir. Siempre preferí tirarme al suelo y sumergirme en ellas a hacer eso mismo en la nieve que ahora abundaba mí alrededor.

Los gordos copos de nieve parecían estar indecisos de tocar el suelo, justo cuando parecía que lo harían flotaban nuevamente hacía el cielo en forma de un coqueteo con la gravedad.

Caminaba aquel camino cada día. Algunas veces era mas frío que otras. Nada en aquel rumbo parecía interesante a excepción del puente congelado que me conquistaba con su enigma. Cuando estaba en él, con resbaladizos pasos, me sujetaba de uno de los bordes para mirar al vacío que me separaba de las vías de tren que podía apreciar decenas y decenas de metros debajo de mis respiros.

Historias contaban de 3 suicidios en aquel lugar.

Henry:

El primero de ellos en 1948, fallido por cierto, al menos al inicio, pues Henry Thomas a sus 28 años de edad decidió aventarse de aquel puente localizado en Avenida Central después de un día más en su aún joven vida. Los motivos desconocidos, talvez solo quiso escapar de sus problemas, e irónicamente el saltar se encontraría con el problema mas, el no morir. Afortunadamente para su fallido suicidio caería sobre las vías de tren, en el cual el tren de medianoche terminaría el trabajo. Henry Thomas tendría que agonizar por 15 minutos antes que las ruedas del tren lo separaran en cinco pedazos.

Juan:

Juan Salvador siempre tuvo miedo a las alturas.

Asistía a la eucaristía cada domingo sin falta alguna. Sin embargo no era el único día que asistía a iglesia. De hecho fue un martes el último día que asistió a aquel templo, minutos antes de quitarse la vida en el puente ubicado en Avenida Central. Aquel martes confesaría su lento y prolongado enamoramiento al padre Miguel Acosta, dentro del confesionario (vaya redundancia). El capellán tan sólo le respondería:
-Reza diez credos, veinte padres nuestros y que Dios se apiade de tu alma.
Llorando y con el corazón hecho trizas, Juan daría la espalda a aquella iglesia, sin persignarse y dirigiéndose directamente a una ferretería donde compraría una dolorosa soga de la que se colgaría de uno de los postes ubicados en las faldas de aquel puente, pues Juan nunca fue una persona de altura y jamás hubiera tenido el coraje de aventarse del puente. Talvez pensaba que era la única forma de implorar perdón por su inevitable enamoramiento prohibido del obeso padre Miguel Acosta. Los incidentes ocurrieron un martes del mes de noviembre del año de 1977, sin embargo Juan Salvador sería declarado muerto hasta dos días después, pues su cuerpo colgaba en un punto medio entre el puente y el suelo. Aparentemente había comprado el metraje exacto para permanecer escondido en el punto ciego de la vista que cualquiera pudiera apreciar desde aquel puente en Avenida Central.

Aziz:

El caso Aziz era diferente a los dos anteriores casos de aquel puente, pues este había sido un suicida involuntario. Sucedió un jueves del año de 1997, en el que en una fiesta universitaria fumó más marihuana de la que su cuerpo podía soportar. Era medianoche y mientras caminaba con sus amigos de regreso a su casa pasó por el puente de Avenida Central. Aún con efectos de aquella hierba en su cabeza, les apostó que podía volar. Ellos bajo la misma influencia del estupefaciente aceptaron la apuesta y él sin hesitar un segundo mas se aventó de aquel puente en el mismo instante. Ellos no supieron más de Aziz por el resto de la noche, tan solo lo vieron saltar hacia el vacío. Ellos pensaban que habían perdido la apuesta y que él se había convertido en un astro más dentro del poblado cielo estelar. Aziz en realidad voló, pensaban.

Era media noche.

El cuerpo de Aziz sería encontrado la siguiente mañana, en un pueblo a 200 kilómetros alejado del puente de Avenida Central, dentro de uno de los vagones que transportaban chatarra y metal oxidado.

Sus amigos aquella noche dormirían creyendo que Aziz realmente había volado, que era polvo cósmico iluminante de la noche.

Dos semanas después:

Era el día indicado. La nieve no dejaba de caer, aun coqueteaba con el viento y la gravedad, pero no dejaba de caer. Algunos copos se derretían en mi nariz mientras me dirigía a mi última escala en esta vida. El camino fue tan monótono y congelado como siempre. Me despedí solo de una persona, dejando una pequeña nota en su escritorio.
Esta decía:
-Te quiero, no me extrañes.
Llegué al puente congelado, el puente de suicidas, el puente de Avenida Central. No había tráfico alguno en él. Estaba tan solitario como siempre, tan olvidado como cada vida que decidió eliminarse desde aquel. Tan olvidado como yo me sentía. Volteaba hacia el vacío que me separaba de la muerte, mientras recapitulaba las experiencias de los tres anteriores suicidios. El viento frío se colaba entre mis fosas nasales. Pensaba en apuntar mi cabeza hacia el suelo, pues no quería una muerte como la de Henry, cinco pedazos eran demasiados y demasiado doloroso para mi. Trataba también evadir las vías puesto que casi era media noche ya y tampoco quería que mi cuerpo fuera encontrado cientos de kilómetros alejado del lugar, como sucedió con Aziz.

Cuando veía la nieve en el fondo de aquel vacío en el que pretendía aterrizar, imaginaba como se transformaría de aquel blanco intacto en un rojo profundo; rojo como mi sangre.

Columpiaba mi cuerpo, talvez contaría hasta diez para dejar de balancearme y volar por unos instantes como lo pretendió hacer Aziz años atrás. Lo habría hecho de no ser porque segundos antes ella sostendría mi mano. No, no era la persona a quien había dejado aquella cursi nota. Mis ojos eran vírgenes para su belleza. Jamás había visto a criatura tan perfecta como ella, quien probablemente vio en mí un suicida en potencia. No decía alguna palabra, tan solo meneaba su cabeza en forma de desaprobación de las intenciones de mis actos mientras sostenía mi palma con fuerza. Ella me confesó después que me había visto ocasiones antes contemplar el vacío entre el puente para suicidas y las vías de tren, me veía atónito e divagante admirando los copos de nieve caer en un trasfondo a aquella vista.

Talvez nunca tuve intenciones de tirarme de aquel puente. Talvez tan sólo quería ser encontrado por alguien como tuve la suerte aquella noche de ser encontrado por ella. Tal vez no fue suerte sino cada noche hacía aquella misma rutina pretendiendo suicidarme tan solo para ver si alguien me detuviese. Eso nunca sabremos, pues uno no quiere saber ese tipo de cosas.

Talvez en realidad hubiese sido el cuarto suicida del puente; sin embargo aquella noche después de que ella detuviera mi suicidio caminaríamos hasta el amanecer por las congeladas calles que solía caminar. Al final llegaríamos de nuevo donde nos conocimos, aquel solitario puente en Avenida Central. Ella me besaría y yo la besaría de nuevo. Sus pestañas acariciaban mis mejillas, sus carnosos labios los míos. El frío continuaba y yo no pretendía soltarla. Eramos dos suicidas más en aquel puente, ahora elegíamos uno mas lento y descorazonado. Los dos caíamos al mismo tiempo y yo no la pretendía soltar.

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