(... la vuelta a Italia en 80 copas)
Decidimos esa madrugada, Antonella y yo, tomar carretera hacia Niza Monferrato. Pueblo donde ella había nacido, y donde había a su vez vivido la mayor parte de su vida antes de emigrar a Milán. Un par de copas tomamos antes de partir, en una reunión en el departamento de Nicoletta. Esa noche había sufrido mi primer desencanto desde que había llegado al viejo continente, después de discutir política con un par de pseudo intelectuales amigos de mis amigas y comer por primera vez el queso gorgonzola. Si existe un tema del que me molestaba platicar en aquel entonces era de política, religión y enamoramientos esporádicos. Aquellos individuos parecían no conocer algún otro.
Ofrecí mis servicios de conductor, pero Antonella nunca los tomó. El camino aparentemente no sería complicado pues eran solamente dos horas para llegar a nuestro destino. Mi trabajo durante dicho consistiría en cerciorarme de que no se durmiera mientras manejaba. Para ello le contaba historias estúpidas y cantaba desafinadamente canciones mexicanas. Ella tan solo se reía de mis ocurrencias.
Su madre nos abrió, habían de ser las 4 de la mañana. Estaba tan sorprendida como desconcertada.
-Buon giorno, mama – dijo Antonella, con un poi di sarcasmo.
-Antonella, sei una pazza!- Decía la madre mientras hacia un movimiento con los dedos tocando su cabeza.
Antonella le explicaba los motivos de nuestra decisión apresurada de viajar por la madrugada, aún y cuando nosotros no los tuviéramos muy claros. Talvez las copas de vino influyeron. Minutos después los dos caeríamos desplomados de cansancio en la cama. En la mañana siguiente su madre al despertar se sorprendió de nuevo al vernos, pues había pensado que los sucesos de una noche anterior habían sido parte de sus sueños.
El dulce aroma del desayuno me despertó un poco mas tarde aquella mañana. Su padre, el señor Cancellara, me trató con exagerada amabilidad, me ofreció probar sus mejores vinos mientras practicaba conmigo su inglés en la sobremesa. Antonella se sintió rara de escuchar por tanto tiempo a su padre hablar un idioma que no era el italiano. Él me platicaba de sus aventuras en el nuevo continente, de cuando tenía aproximadamente mi edad. Me hubiera gustado haber platicado por más tiempo en aquel acogedor hogar, pero Antonella quería mostrarme la tierra que la vio crecer.
Niza Monferrato es un pequeño pueblo al norte de Italia, en la region llamada Piemonte,y de donde provienen las mejores cosechas de mi vino favorito, el “Barbera del Monferrato” . En el existe un solo semáforo el cual esta parpadeando en el color amarillo todo el tiempo. Un par de puentes y un camino angosto en el que apenas cabe un carro compacto es lo que unía las calles de Niza Monferrato con sus viñedos.

Antes del atardecer tomaríamos el camino que nos llevaría a una capilla en la cima de una loma, era el lugar favorito de Antonella hasta que también se convirtió en el lugar predilecto de los drogadictos y las putas. Esa tarde solo estábamos nosotros. Las montañas disipaban los últimos rayos solares de aquel día que se nos escurría entre silencios y exquisitos aromas a uvas frescas por todo nuestro horizonte. No había nada de que hablar, pero ella solo dijo tres palabras antes de que atardeciera.

Fuímos al centro del pueblo cuando cayó la noche. Entre sus callejones oscures parecían asomarse fantasmas de soledad y melancolía. Era un pueblo con pocos jóvenes, y aparentemente ningún habitante que gustara de caminar un domingo cualquiera por la noche. A pesar de todo fue una experiencia única, en la que podía respirar un aroma nostálgico.
Tomamos carretera de nuevo, pero no volveríamos a Milán aún. Antonella quería mostrarme otro pueblo cerca de donde nos encontrábamos. Su nombre era Acquiterme, y en el vivía una amiga lesbiana de Antonella. No recuerdo su nombre, solo recuerdo que fue tan ruda conmigo como también lo eran sus gestos de la cara. Con poca memoria en la tarjeta de mi camara pude tomar un par de fotos a aquel pueblo, pero esta tipa me apresuraba todo el tiempo. Cuestión un tanto desesperante. Al finalizar la caminata fuimos a un bar y tomamos una cerveza cada uno.

Finalmente regresamos mas tarde a Niza Monferrato, un tanto feliz de no tener que soportar a la amiga de Antonella. Había sido un día largo.
Mientras manejaba de vuelta a Milán, la mañana siguiente, veía por última vez los campos verdes a un lado de la estrecha carretera, recordaba las únicas tres palabras de Antonella en aquel monte al atardecer, y realmente lo era.
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Excelente la foto del atardecer...y se enlaza con las lineas...
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